José Manuel de la Puente, Departament de Ciència i Enginyeria Nàutiques

Se hace extraño no estar de acuerdo con algo que dice Guillermo Lusa. Pero si siguiéramos su consejo al pie de la letra, llegaríamos a la debacle y nadie leería estas líneas.

Lo explico. El día 20-III-2019, en el auditorio de la Escuela de Ingenieros de la Diagonal, nos instó Guillermo –en la presentación de un libro autobiográfico– a seguir su camino en el sentido de impedir que el tiempo borrara el recuerdo de las experiencias y/o anécdotas de los que fuimos allá, acumuladas a lo largo de un incierto itinerario académico. Se refería, claro, a una acumulación por defecto.

G.L. vino a decir que, al margen de las aportaciones que cada cual pudiera haber realizado a las artes y a las ciencias (algo muy difícil de saber), era una tarea útil que los alegres asistentes elaboráramos una crónica vital de tintes personales; y lamentaba que pudiera echarse a perder, en fin, la memoria de lo experimentado día a día por cada uno de nosotros. El profesor Lusa no habló exactamente de esta manera, ni habló del presente actual, sino que –con cita culta barojiana– mencionó la valiosa “intrahistoria” que todos los socios de la UPC hipotéticamente atesorábamos, e insinuó que ojalá siguiéramos su guía (el ejemplo piloto de su libro) para provecho de la humanidad.

Pues bien, yo discrepé; y no era una crítica, sino una alabanza.

Lo de la intrahistoria individualizada a discreción pudiera interesar a los miembros de la audiencia, no digo que no (todos con vidillas relatables; aunque no olvidemos la carpeta Trash del correo electrónico); pero, después de una meditación básica, he de decir lo siguiente. Si por ventura consideramos a cada uno de los asistentes “en modo Guillermo Lusa” (es decir: viviendo una vida individual, destacando entre la parroquia, beneficiando al prójimo con una generosidad sacada de no se sabe dónde; y, un detallito, contándolo todo a posteriori exhaustivamente, para regocijo de los afectados), acabaríamos todos en una versión desastrosa de la paradoja de Tristam Shandy.

Quiero decir que éramos muchos; y lo que hace Guillermo Lusa no es generalizable; si lo imitara el resto de la sociedad, entraríamos un colapso o tsunami, acabaríamos en lo que en Francia llaman “mise en abyme”.

Tristam Shandy era un personaje que dedicó dos años de su vida a su autobiografía, y al cabo de ese período había escrito los hechos de los dos primeros días de su existencia. Llegó a la conclusión de que era imposible escribir autobiográficamente dedicando un año a cada jornada, puesto que, según los años pasaran, la cosa se retrasaría más y más. Aunque –observó Bertrand Russell– esto es cierto sólo si se supone que Shandy es mortal. Añadimos nosotros: y únicamente si Lusa no anda por los alrededores. De verificarse la recomendación de nuestro querido profesor, en la era digital, si todos nos ponemos “en modo Lusa” el bien sería significativo, pero el tapón en los servidores de Internet sería inenarrable. No obstante, el émulo de Shandy en el siglo XXI afirmaba que sigue adelante. Porque Russell razonó que si uno vive para siempre podrá completar su historia: dedicando una anualidad entera a registrar los hechos de un día, en algún momento logrará su objetivo. Considerando un tiempo infinito, el número de días equivaldrá al número de años, etcétera.

Abrazemos tal posibilidad, y, ya metidos en faena, visualicemos el Pegaso completo de la ETSEIB, pues no es menos probable que los temas irresolubles de la geometría (cuadratura del círculo, trisección del ángulo, duplicación del cubo) permanecerán incompletos para siempre –al menos, para la regla y el compás–, pase lo que pase. Eternamente permanecerán también: la obra bien hecha (¡essse libro…!) y el orfeón donostiarra, en este orden. Lo último revela el gentilicio del autor, quien, por su parte, parece haber solventado la paradoja de Laurence Sterne.

Aunque a nosotros, simples mortales, no se nos deberían pedir imposibles, por muy bienintencionados que sean.

No es por vanitas vanitatis, Guillermo, ni siquiera mal entendida. Si fuéramos capaces siquiera de tangentear el mismo truco sobre la “t” de las ecuaciones de Galileo (un hallazgo tipográfico), igualando tu prestidigitación erudita e informada, obviando a Cantor y sin red de seguridad –sin wikipedia ni nada–, bueno, a lo mejor…

Pero ello no va a suceder. Los aficionados que te escucharon no pisarán tu estela: los textos de la masa crítica del Aula Capella (de hecho, toda embelesada) de apuntarse al tema, colapsarían la red, como digo. Es fácil deducir una cantidad infame de documentación volcada al basural de Internet si tal empresa colectiva se pusiera en marcha: la madre de todas las ‘shitstorms’. La medalla Fields se la otorgarían a las granjas de ordenadores de UPCnet, UPCCommons, Amazon, Azure, Google Cloud y Alphabet, funcionando en piña muy apretada, y con algoritmos sofisticados nunca vistos, para parar la avalancha.

Reconozcámoslo: epígonos del spam somos y en spam nos convertiremos.

Puede que en el recorrido de las épocas históricas nos fusionemos todos como un solo hombre (alegoría del libro presentado, muy bonita, extraída de ‘Préface sur le traité du vide’ de Pascal), pero, alerta, hago una advertencia particular y concreta a los editores de Guillermo Lusa Monforte: la UPC al completo queda en espera de los capítulos que faltan de su “Història, enginyeria i compromís”, y no perdonaremos ni uno.

(*) Remedo del título “Entorno al Casticismo” de Pío Baroja (obra aludida por Guillermo Lusa)